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Amarnos los unos a los otros es reflejo de Dios en nosotros

Hoy en la primera lectura el Señor llama nuestra atención hacia la vivencia del amor entre nosotros para que él siempre permanezca. "Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros" (1Jn 4, 7-6). Dice el apóstol Juan, que si Dios nos ha amado de esta manera, entregando a su Hijo como víctima de propiciación para nuestros pecados, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros. Viviendo esto daremos testimonio de que permanecemos en Dios.

Justo hoy, el Papa Benedicto XVI dirigiendo unas palabras al Prepósito General de los Clérigos Regulares de Somascos, con motivo del año jubilar convocado por la Orden en el quinto centenario de la prodigiosa liberación de la cárcel del fundador, san Jerónimo Emiliani (1486-1537), les dice que la pobreza de amor es la raíz de todo problema humano. Al respecto dijo: "Es necesario que el crecimiento de las nuevas generaciones sea alimentado no sólo por nociones culturales y técnicas, sino sobre todo por el amor, que vence al individualismo y al egoísmo y permite prestar atención a las necesidades de todo hermano y hermana, incluso cuando no puede intercambiarlas, es más, precisamente entonces".

Esto nos muestra una concreción de lo que significaría amarnos los unos a los otros, en una doble dinámica, primero hacia adentro: vencer todo individualismo y egoísmo; y segundo hacia afuera: prestando atención a las necesidades de todo hermano. Al hacer esto el Señor permanece en nosotros y es precisamente lo que necesita el mundo, una comunidad que refleje la presencia de Dios.

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