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El Evangelio es una fuerza de Dios

En este primer capítulo de la Carta a los Romanos, el Apóstol evidencia su hambre de anunciar el Evangelio de Jesucristo, muestra claramente el ardor que tiene por llevar a Cristo a los demás, de los que sabe además que lo necesitan, como lo dice en los versículos anteriores a los que ahora vamos a meditar: «14 Me debo a los griegos y a los bárbaros; a los sabios y a los ignorantes: 15 de ahí mi ansia por llevaros el Evangelio también a vosotros, habitantes de Roma».

Hoy en la primera lectura tenemos los versículos del 16 al 25, todavía en el primer capítulo de la carta.

No me avergüenzo del Evangelio
«16 Pues no me avergüenzo del Evangelio, que es una fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree...» 
El testimonio de San Pablo viene cargado de una fuerza real, que él vive, pues el Evangelio lo ha salvado, el Apóstol se ha encontrado con Cristo. Ha escuchado su voz: "Yo soy Jesús, a quien tú persigues". Efectivamente se ha encontrado con el Evangelio vivo, ha escuchado la Palabra del Señor Jesús y él ha sido salvado por ella. Entonces se comprende mejor lo que Pablo escribe ahora a los Romanos, con respecto al Evangelio: "es una fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree".

Son palabras, las del Apóstol, que tienen mucho eco en la actualidad, pues es posible encontrar hoy algunos cristianos que se avergüencen de anunciar el Evangelio, y es que hay una relación interesante que nos da la clave para responder a esto. En la medida en que el Evangelio sea una fuerza de salvación para nosotros, que creamos en esto, no nos avergonzaremos y lo anunciaremos con toda potencia desde los terrados a todos cuantos estén a nuestro alcance.

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