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El Señor la llama por su nombre

Cuando es el Señor Jesús quien pronuncia nuestro nombre todo se torna en claridad, todo se despeja, así como sucedió con María, la Magdalena, quien lloraba en la tumba del Señor porque no había encontrado su cuerpo y no sabía dónde lo habían puesto, luego de conversar con los ángeles, ella se encuentra con el Señor, sin saber que era él, quien le dice «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?», y ella le responde pensando que era el encargado del huerto, «si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré».

En este momento Jesús le dice: «María». Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní» —que quiere decir: «Maestro». El Señor Jesús pronuncia su nombre y es entonces cuando ella lo reconoce y todo cambia. La pecadora arrepentida, quien encuentra el perdón en Cristo, y es reconciliada y sanada por él, se convirtió luego del encuentro con el Señor Jesús, y estuvo siempre cerca, esto, pienso, hace que ella se haya acostumbrado a su voz, a escuchar sus palabras, sus enseñanzas. Su oído, acostumbrado a la voz del Señor Jesús ahora vuelve a escuchar esa misma voz que a ella le habló cuando se encontraba en tinieblas, y así como decimos que el Señor es la Luz que ilumina toda oscuridad, también podemos decir que es la voz que irrumpe ante toda bulla.

Es su voz, ella la reconoce, y esa voz ha pronunciado nuevamente su nombre.

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